jueves, 21 de junio de 2018

El árbol que no volverá a cobijarme.


Verano. Al fin.

La energía, esa misteriosa que ni se crea ni se destruye sino que se ahorra a conciencia durante los meses duros para poder derrocharla en los de verano; en cada cuerpo estudiantil, a veces infantil, a veces ya no tanto.

El final es ir a rastras, con los párpados pegados y una sed de libertad que ni el oasis del patio puede saciar. El final de curso es ir muriendo poco a poco en cada pitido del despertador, en los calcetines oscuros que hacen arder los pies, en la tutora que sigue mandando deberes, «¡pero si ya han salido las notas de los últimos exámenes!», y en todas las piscinas que funcionan como un imán que hay que evitar cual última tentación de mesías, «cuando estés de vacaciones, no te vayas a poner mala y a faltar los últimos días».

Pero siempre llega el final que es el principio, y todo lo que estaba muriendo poco a poco revive de golpe. Es verano. Vacaciones.

El verano es una de las pocas cosas buenas de la infancia que no perdemos del todo. Nuestros recuerdos se convierten en lugares comunes que se resumen en una sola palabra: libertad. El sol picando en la piel; los ojos medio cerrados; el agua que no daña; los helados; la tierra; el mar; nuestra naturaleza más básica conquistándonos enteros, alimentándose de la energía ahorrada durante el curso.

Pero el verano tiene otra cara que nuestros recuerdos tienden a olvidar. La cara oculta del verano, esa que Malick retrata con maestría el «El árbol de la vida», la que nos susurra, bajito pero contundente, que quizá estemos volando demasiado alto para no tener alas.

El pequeño vecino que se ahoga en su piscina tan atrayente y azul; el gato salvaje que adoptas como peluche y un día aparece con el cuerpo destrozado y sangrante de tu hámster entre sus dientes; la madre de tu mejor amiga, que enferma de pronto y muere en dos semanas a pesar de que no hace frío; la chica de la capital, que pasa cada día por delante sin verte; el chico más guapo del pueblo, que coge su motocicleta para volver a casa tras el baile, el amor, el alcohol y las risas, y la estampa contra un árbol de la alameda al que le cede la vida. Ese árbol que, a partir de entonces, toma como propio el extraño color pardo de los ojos que no volverás a ver. El árbol cuya sombra nunca te volverá a aliviar.

Los lugares particulares del verano que no encuentran palabra que los resuma. El bebé del pelo amarillo, el gato de tacto suave, la madre de la eterna sonrisa, la chica de porte elegante, el chico de los ojos agrestes y más divertidos de tu vida.
La cara oculta del verano. La que no grita pero tampoco calla. Esa que nos recuerda que los paraísos, si existen, es porque los inventamos, que la libertad no es irresponsable, y que no sólo y no todo reluce en verano. Aunque prefiramos olvidarlo hasta el siguiente equinoccio.

A Rafa, que me dejó sola para siempre sin árbol que me cobije.


(Escrito mientras mi mosca y yo escuchamos Voyage Voyage, porque en esas estamos, haciendo como que no vemos el árbol).